Blue Flower

PAX NOBIS

Queridos cofrades: Que la alegría que nos ha proporcionado la real y verdadera Resurrección del Señor nos ayude a convertirnos un poco más cada día a El. Contamos para ello con el imprescindible auxilio de Nuestra Abogada, la de los ojos misericordiosos.   

 

Las intenciones del Papa para este mes enero son las siguientes:

·         Universal: La creación.- Para que las personas aprendan a respetar la creación y a cuidarla como don de Dios.  

·         Misionera: Por la evangelización: cristianos perseguidos.- Para que los cristianos perseguidos sientan la presencia reconfortante del Señor resucitado y la solidaridad de toda la Iglesia.

 

Nos dice la Biblia: "Lo encuentran (al Señor) los que no exigen pruebas y se revela a los que no desconfían".  “Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los grandes y sabios y se las has revelado a los sencillos” (Mt.13,25)

 

Una gran noticia: He recibido con gran alegría la colaboración de Antonio Gómez consistente en la reproducción de una novena en nuestra cofradía del año 1867-77. La encontrareis entre las notas (nota 3). Muchas gracias Antonio, y a esperar que sirva de ejemplo y se multipliquen las colaboraciones.  

 

HABLA EL PAPA:

 «ESTE ES EL TIEMPO DE LA MISERICORDIA». El Papa anuncio, el día 13 de marzo pasado,  la celebración de un Año Santo extraordinario, Jubileo de la Misericordia, que comenzará el presente año con la apertura de la Puerta Santa en la Basílica Vaticana durante la solemnidad de la Inmaculada Concepción y concluirá el 20 de noviembre de 2016 con la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.

El Santo Padre, al inicio del año, exclamó: «Estamos viviendo el tiempo de la misericordia. Este es el tiempo de la misericordia. Hay tanta necesidad hoy de misericordia, y es importante que los fieles laicos la vivan y la lleven a los diversos ambientes sociales. ¡Adelante!»

La apertura del próximo Jubileo adquiere un significado especial ya que tendrá lugar en el quincuagésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, ocurrida en 1965. Durante el Jubileo las lecturas para los domingos del tiempo ordinario serán tomadas del Evangelio de Lucas, conocido como «el evangelista de la misericordia.

Antiguamente, para los hebreos el jubileo era un año declarado santo, que recurría cada 50 años, y durante el cual se debía restituir la igualdad a todos los hijos de Israel, ofreciendo nuevas posibilidades a las familias que habían perdido sus propiedades e incluso la libertad personal. A los ricos, en cambio, el año jubilar les recordaba que llegaría el tiempo en el que los esclavos israelitas, llegados a ser nuevamente iguales a ellos, podrían reivindicar sus derechos. «La justicia, según la ley de Israel, consistía sobre todo en la protección de los débiles» (S. Juan Pablo II, Tertio Millennio Adveniente 13).

 

LA IGLESIA EN ESPAÑA

El P.P., según el periódico El Mundo, ha propuesto una modificación de la llamada ley Aído -que permite abortar hasta la semana 14 de gestación-, pero sólo para imponer el permiso paterno a las chicas de 16 y 17 años. En febrero, el presidente del Gobierno recibió en La Moncloa una carta firmada por 12 parlamentarios -siete diputados y cinco senadores- en la que le advertían de que no votarían este cambio porque hacerlo, argumentaban, supondría avalar la ley vigente, que el PP tiene recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Los populares recaban el apoyo del cardenal Blázquez.

A partir de ese momento, desde el PP se iniciaron conversaciones con ellos (los contrarios  a la reforma pretendida)  para forzar un cambio de opinión. Primero, fueron contactos aislados, en los que se les avanzó que la dirección del grupo pensaba hablar con el presidente de la Conferencia Episcopal, el cardenal y arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez, para recabar su apoyo. Unas semanas después se convocó a todo el grupo, a instancias de Rajoy, a una reunión con el ministro de Sanidad, Alfonso Alonso.

El pasado lunes se produjo una nueva cita. Esta vez únicamente entre los diputados y el portavoz del PP, Rafael Hernando. En ella, según fuentes populares, entre los argumentos esgrimidos para que apoyen la reforma se aludió al respaldo de la Iglesia. Curiosamente, el día de Viernes Santo, en una entrevista en RNE, Blázquez dijo estar de acuerdo con el cambio de la ley para obligar a las menores de 18 años a pedir autorización a sus padres. Este aval fue recordado el lunes en la reunión. En este encuentro, según las mismas fuentes, Hernando abrió la puerta a retocar el texto para introducir elementos que puedan satisfacer a los parlamentarios provida y conseguir así que voten a favor. El cambio sugerido por la dirección del grupo es eliminar de la ley el reconocimiento de que el aborto es un derecho. El PP está decidido a hacer esta modificación si así logra que no haya fugas de voto.

El punto 2 del artículo 3 de la actual ley contempla «el derecho a la maternidad libremente decidida» y a que las personas adopten libremente decisiones que afectan a su vida sexual y reproductiva, sin más límites que los derivados del respeto a los derechos de las demás personas y al orden público garantizado por la Constitución y las leyes. Ahora sería necesaria una nueva reformulación de este punto.

Pero ni siquiera este cambio garantiza en estos momentos el respaldo de los diputados provida. El PP no tiene cerrado que cumplirán con la disciplina de grupo, a la espera de los últimos contactos antes de que el martes se vote la toma en consideración.

Serán sancionados si votan en contra. Para presionarles, ya se les ha advertido, según fuentes populares, de que serán sancionados si no votan en consonancia con el resto de sus compañeros. El portavoz popular les confirmó en el encuentro del lunes que no habrá libertad de voto, a pesar de que ésta era una de las salidas a este conflicto. Hernando sí pidió al PSOE que dejara a sus diputados votar en conciencia cuando en febrero anunció la reforma.

Ahora el PP se afana en conseguir que todos sus parlamentarios voten a bloque. No contempla otro escenario. Si no, se iría al traste su objetivo de vender el cambio como un guiño a su electorado más tradicional, tras renunciar a redactar una ley propia por falta de consenso en torno a la propuesta que planteó el ex ministro de Justicia Alberto Ruiz-Gallardón.

 

Que el partido popular pretenda el apoyo de la Conferencia Episcopal en este punto y en este momento, me parece totalmente lógico; yo, en su lugar, haría exactamente eso. Lo que me sorprende es la postura de la Conferencia Episcopal que no ha dicho ni pio sobre esta noticia.

Que a la Conferencia Episcopal no le parezca mal que la Ley exija el consentimiento de los padres para que los menores de 18 años puedan abortar, no quiere decir otra cosa que eso. Bien, que eso puede no estar mal; pero se debería aclarar expresamente que el problema no es ese,  que el problema real es otro, y que la postura de la Conferencia Episcopal no puede ser otra que la determinada por el Catecismo de la Iglesia Católica, sección segunda (Los Diez Mandamientos), en los párrafos dedicados al aborto, 2270 2275). Nota 1.-  

 

¿Se puede considerar un mal menor? Que nos lo expliquen y lo justifiquen públicamente y sin rodeos.

El beato Paulo VI, en el acto de publicación del Credo del Pueblo de Dios (30 de junio de 1.968),  decía que era obligación suya (y por lo tanto de todos los pastores de la Iglesia)  confirmar en la fe a los "hermanos", y para ello debe hacer manifestaciones lo bastante completas y explicitas para satisfacer la necesidad de luz que oprime tanto a los fieles como al pueblo que busca la verdad.
Nota 2.-

 Que Nuestra Abogada, la de los ojos misericordiosos, ilumine a nuestros pastores y les de las fuerzas  necesarias para obrar en consecuencia. Se ruega una oración fervorosa para ello.   

 

LA IGLESIA EN EL MUNDO

 

« ¿ESTAMOS DÁNDOLES A LOS ALUMNOS UNA VIDA MÁS PLENA?»

Mons. William Goh: «Una escuela católica que no proclama a Cristo explícitamente no es una escuela católica»

El Arzobispo de Singapur, Mons. William Goh, sostuvo una reunión con más de 400 educadores, padres de familia, directivas y religiosos en un Congreso sobre Educación Católica llevado a cabo el pasado 16 de marzo. El prelado les recordó que los valores transmitidos en las escuelas católicas tienen su fuente en Jesucristo y les pidió que esta realidad sea claramente expresada en la vida de las instituciones.

«Una escuela católica que no proclama a Cristo explícitamente al final del día, no creo que sea una escuela católica», afirmó el Arzobispo en su homilía durante la Eucaristía del encuentro. El prelado alertó sobre la importancia de esta labor en un mundo cambiante en el cual los valores tradicionales se erosionan con rapidez bajo el influjo de la secularización, el relativismo y el individualismo.

Educar en Cristo es dar vida. Pero defender los valores por sí mismos no es suficiente. «Nuestros valores, finalmente, no son únicamente valores éticos, no, ellos son los valores fundados en Cristo. Cristo es el centro de todo lo que hacemos», recordó. «Cuando les damos a los alumnos valores y no les damos la fuente de los valores, los limitamos. Es como darle un pez a un pobre y no enseñarle a pescar».

Mons. Goh destacó la misión de los docentes en la formación de los estudiantes, que comparó al acto de transmitir la vida. «Más que lo físico y lo material, su tarea es darles plenitud de vida», indicó. «Pregúntense: ¿estamos sinceramente dándoles (a los alumnos) una vida más plena?».

Entre los desafíos que los educadores católicos locales deben enfrentar, el arzobispo incluyó la paulatina disminución de la población de estudiantes católicos; una menor presencia de los religiosos, a quienes destacó como «íconos de lo sagrado» en las escuelas; algunas disposiciones gubernamentales y la administración autónoma de algunas instituciones católicas que reciben el patrocinio de varias comunidades religiosas.

 

El Primer Ministro británico, David Cameron, ha felicitado la Pascua con un mensaje que reivindica las raíces cristianas de Reino Unido: “La Semana Santa es un tiempo en el que los cristianos celebran el triunfo definitivo de la Vida sobre la muerte con la resurrección de Jesús.

Para todos los demás, es el momento de reflexionar sobre el papel que juega el cristianismo en nuestras vidas.  El cristianismo no es una colección de edificios bonitos; es una forma de vida que se extiende por todo el país. Cuando la gente está hambrienta o enferma, cuando tiene hambre, la Iglesia está allí.  Sé por experiencia que en los peores momentos de la vida, la cercanía de la Iglesia es un enorme consuelo.

A través de toda Inglaterra, la Iglesia no sólo habla de amor, también lo practica: en colegios, en cárceles…y es por este motivo por el que todos nosotros deberíamos sentirnos orgullosos de decir: este es un país cristiano. Somos una nación que acoge y abraza a todas las religiones, pero somos un país cristiano. Por eso, mi Gobierno ha hecho una importante inversión en iglesias y catedrales… Pero, como país cristiano que somos, nuestra responsabilidad no acaba ahí. Tenemos el deber de alzar la voz y denunciar la persecución de los cristianos en el mundo.

Es terrible que en el siglo XXI, haya cristianos amenazados, torturados, incluso asesinados por su fe, desde Egipto hasta Nigeria, Libia, Corea del Norte… En Oriente Medio, los cristianos han sido forzados a dejar sus casas y abandonar sus hogares, otros han sido obligados a renunciar a su fe y otros han sido brutalmente asesinados.  A todos estos cristianos valientes de Irak y Siria tenemos que decirles: “estamos con vosotros”. Este Gobierno lo ha dicho y lo ha puesto en práctica, con el envío de ayuda humanitaria a Irak y Siria. Ahora, en los próximos meses, debemos seguir alzando nuestra voz por la libertad religiosa.

Así que esta Pascua, debemos acordarnos de todos estos cristianos que sufren y dar las gracias por todos los que, desde nuestro país, marcan la diferencia en nuestras vidas. Feliz Pascua a todos”.

 

¿Qué hubiera pasado si estas palabras se hubieran dicho en España?  

 

MEDITACIÓN

La «agonía» en Getsemaní. 14,32-42.

32 Llegaron a un lugar, cuyo nombre era Getsemaní, y a sus discípulos: Sentaos aquí mientras voy a orar. 33 Tomas consigo a Pedro a Santiago y a Juan, comenzó a sentir ter y angustia, 34 y les decía: Triste está mi alma hasta la muerte;  permaneced aquí y velad. 35 Adelantándose un poco, cayó en tierra, y oraba que, si era posible, pasase de el  aquella hora. 36 Decía: Abba, Padre, todo te es posible; aleja de mí este cáliz; mas no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú. 37 Vino y los encontró dormidos, y dijo a Pedro: Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora? 38 Velad y orad para que no entréis en tentación; el, espíritu está pronto, mas la carne es flaca. 39 De nuevo se retiró y oró, haciendo la misma súplica. 40 Viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque estaban sus ojos pesados; y no sabían qué responderle. 43 Llegó por tercera vez y les dijo: Dormid ya y descansad. Basta. Ha llegado la hora, y el Hijo del hombre es entregado en mano de los pecadores. 42 Levantaos; vamos. Ya se acerca el que ha de entregarme.

 

La escena es muy afín a Mt. Pero Mc resalta el deseo de que pase de El  aquel cáliz, que pase aquella «hora». Es tema constantemente destacado en el evangelio de Jn: la hora mesiánica de la muerte redentora. Acaso con la alusión a esta hora quiere Mc entroncar con el tema de Jn, que es la «hora» de la gran lucha satánica contra Cristo: «Viene el príncipe de este mundo» (Jn 14,30).

Mc utiliza también términos propios para expresar esta «agonía» de Cristo. Además del término ademonein, común con Mt, que en este contexto significa una angustia muy grande, que produce un profundo tedio y hastío, Mc usa también el de ekthambeísthai, que en este contexto, como superación de la expresión anterior, significa «pavor», es decir, un temor tan profundo que va acompañado de sobresalto o espanto.

Mc es el único de los evangelistas que conserva en la oración de Cristo el término aramaico Abba, «Padre». Generalmente se admite que el término griego de «Padre» es una traducción para los lectores étnico-cristianos. Sería más lógico pensar que la frase aramaica Abba fuese la equivalente al «Padre mío» que recoge Mt. Pero los• judíos en aramaico oraban a Dios diciendo: Abbí, Padre mío, y, en cambio, usaban Abba para el padre carnal (Kittel). Por otra parte, aparece la forma Abba, »Padre», en las epístolas de San Pablo (Rom 8,15; Gál 4,6). Esta fijeza de una fórmula no usual, mantenida así, hace pensar en su uso directo por Cristo, procedente acaso de una forma dialectal peculiar. La aposición de «Padre» es ciertamente la explicación de la palabra. Por respeto y reverencia tomaron estos términos de la tradición y los usaron como un clisé, sea en las epístolas, sea en la liturgia.

Mc es menos preciso que Mt en relación a la posición de Cristo para orar; sólo dice que «se postró en tierra». Mt matizará que estaba de rodillas, «postrado sobre su rostro», conforme a una de las posiciones judías usuales de oración. Lc lo pone sólo en la genérica actitud de rodillas.

En Mc como en Mt, Cristo, cuando va a sus discípulos a pedirles que velen para evitar la tentación, el escándalo profetizado, se dirige directamente a Pedro. Acaso sea una advertencia indirecta de solicitud contra la presunción tenida momentos antes.

La Biblia Comentada.- Universidad pontificia de Salamanca.

 

Meditación personal:- Vamos a fijarnos exclusivamente en una pocas palabras de este pasaje evangélico.

Triste está mi alma hasta la muerte;  permaneced aquí y velad. -  Vino y los encontró dormidos, y dijo a Pedro: Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora? 38 Velad y orad para que no entréis en tentación; el, espíritu está pronto, mas la carne es flaca. 43 Llegó por tercera vez y les dijo: Dormid ya y descansad.

Cristo está triste, y pide que se queden y oren (os acordáis de la canción que cantábamos de pequeños: Vamos niños al sagrario que Jesús llorando está, pero en viendo tantos niños que contento se pondrá, .. ¡ cuántas horas de sagrario precisamos!). Vuelve Jesús y los encuentra dormidos, y los despierta y vuelve a pedir que oren. Los discípulos se vuelven a dormir, pues sus ojos está cargados. Jesús vuelve por tercera vez, y los encuentra de nuevo dormidos, y los despierta, pero en esta ocasión no les pide que oren. Ha llegado la hora, las acciones y consecuencias ya están tomadas.

Jesús, sabiendo todo lo que va a suceder, está triste, y les pide que se queden ahí y oren. Pero el se aleja un poco. Es conveniente, más bien necesario, que a veces para hablar con Jesús, siguiendo su ejemplo, nos aislemos del mundo para poder oír mejor lo que nos quiere decir. En la soledad con Jesús y María, somos mucho más solidarios con el prójimo, que muy atareados haciendo cosas (recordar el caso de Marta y María).    Precisamos mucho hablar con Jesús y María: Si el Señor no vigila la ciudad, en vano vigilan los centinelas. El que de verdad  ama al prójimo no se preocupa solo de su salud física, que si, sino fundamentalmente de su salud espiritual: De que te sirve ganar el mundo, sí pierdes tu alma?.  

Cuando vuelve Jesús y los encuentra dormidos, los despierta, y le insiste en que oren. La oración no es otra coas que ponerse en contacto directo con Dios, por medio de Jesús y María, y darle el culto que Le corresponde.

La última vez, ya no les pide que oren. Se ha pasado el tiempo de orar, la suerte ya está echada. Ha llegado el Novio, y yo no estoy preparado. Cuando llega el novio, las diez vírgenes están dormidas (no siempre meditamos este dato), pero solo cinco están provistas de aceite: AMOR.

¿Qué hubiera pasado si los discípulos hubieran seguido los consejos de Jesús y hubieran permanecido rezando con El ?

Mi opinión, es que los sucesos no hubieran ocurrido exactamente igual. Recordemos lo que consiguió Abraham con su regateo, y aún más lo que hizo Jesús con cinco panes y dos peces.

En las últimas apariciones de nuestra Abogada, la de los ojos misericordiosos, nos insiste, nos ruega, nos exhorta a que recemos por los pecadores (nosotros incluidos, porque lo somos). En cierto modo, se nos hace a cada uno responsables de los pecados de los otros, porque no hemos hecho por ellos lo que se nos ha pedido (¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? Caín). La doctora, Santa Catalina de Siena, en su libro El Diálogo, nos dice, en su parte dedicada a la Misericordia para el pueblo de Dios: "Una vez realizada la pasión de Cristo, el pecado es más castigado que antes.- Dios promete misericordia al mundo y a la Iglesia sí median la oración y el sufrimiento de sus servidores".   

¡Madre ayúdame a hacer la voluntad de tu Hijo!     

 

POESÍA


 

Himno

He corrido. Señor, para buscarte
y el día se cerró, la noche vino.
Pero había soñado en encontrarte,
como Saulo, en mitad de mi camino.

Cuando ya no acertaba ni a llamarte,
brilla ante mí un lucero matutino.
¡Y no me atrevo aún a adivinarte
ni a ver tras de su luz tu Sol divino!

Enséñame, Jesús, a conocerte.
Si Tú me concedieras esa suerte,
ninguna gracia más te pediría.

Ni siquiera aprender a amarte pido,
porque sé que al haberte conocido
con entrega inmediata te amaría.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.



   Julia Estevan Echeverría

 

Os reitero que se admiten, mejor dicho se agradecerán infinitamente, toda clase de sugerencias y colaboraciones para tratar de que estas cartas nos sirvan para acrecentar nuestro amor a la Virgen María.

 

Un fuertísimo abrazo.  Sursum corda. Habemos ad Dominum.  Paco

 

 

 

NOTA 1.- Palabras del Beato Paulo VI, introductorias del Credo del Pueblo de Dios.-

1. Clausuramos con esta liturgia solemne tanto la conmemoración del XIX centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo como el año que hemos llamado de la fe. Pues hemos dedicado este año a conmemorar a los santos apóstoles, no sólo con la intención de testimoniar nuestra inquebrantable voluntad de conservar íntegramente el depósito de la fe (cf. 1Tim 6,20), que ellos nos transmitieron, sino también con la de robustecer nuestro propósito de llevar la misma fe a la vida en este tiempo en que la Iglesia tiene que peregrinar era este mundo.

2. Pensamos que es ahora nuestro deber manifestar públicamente nuestra gratitud a aquellos fieles cristianos que, respondiendo a nuestras invitaciones, hicieron que el año llamado de la fe obtuviera suma abundancia de frutos, sea dando una adhesión más profunda a la palabra de Dios, sea renovando en muchas comunidades la profesión de fe, sea confirmando la fe misma con claros testimonios de vida cristiana. Por ello, a la vez que expresamos nuestro reconocimiento, sobre todo a nuestros hermanos en el episcopado y a todos los hijos de la Iglesia católica, les otorgamos nuestra bendición apostólica.

3. Juzgamos además que debemos cumplir el mandato confiado por Cristo a Pedro, de quien, aunque muy inferior en méritos, somos sucesor; a saber: que confirmemos en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32). Por lo cual, aunque somos conscientes de nuestra pequeñez, con aquella inmensa fuerza de ánimo que tomamos del mandato que nos ha sido entregado, vamos a hacer una profesión de fe y a pronunciar una fórmula que comienza con la palabra creo, la cual, aunque no haya que llamarla verdadera y propiamente definición dogmática, sin embargo repite sustancialmente, con algunas explicaciones postuladas por las condiciones espirituales de esta nuestra época, la fórmula nicena: es decir, la fórmula de la tradición inmortal de la santa Iglesia de Dios.

4. Bien sabemos, al hacer esto, por qué perturbaciones están hoy agitados, en lo tocante a la fe, algunos grupos de hombres. Los cuales no escaparon al influjo de un mundo que se está transformando enteramente, en el que tantas verdades son o completamente negadas o puestas en discusión. Más aún: vemos incluso a algunos católicos como cautivos de cierto deseo de cambiar o de innovar. La Iglesia juzga que es obligación suya no interrumpir los esfuerzos para penetrar más y más en los misterios profundos de Dios, de los que tantos frutos de salvación manan para todos, y, a la vez, proponerlos a los hombres de las épocas sucesivas cada día de un modo más apto. Pero, al mismo tiempo, hay que tener sumo cuidado para que, mientras se realiza este necesario deber de investigación, no se derriben verdades de la doctrina cristiana. Si esto sucediera —y vemos dolorosamente que hoy sucede en realidad—, ello llevaría la perturbación y la duda a los fieles ánimos de muchos.

5. A este propósito, es de suma importancia advertir que, además de lo que es observable y de lo descubierto por medio de las ciencias, la inteligencia, que nos ha sido dada por Dios, puede llegar a lo que es, no sólo a significaciones subjetivas de lo que llaman estructuras, o de la evolución de la conciencia humana. Por lo demás, hay que recordar que pertenece a la interpretación o hermenéutica el que, atendiendo a la palabra que ha sido pronunciada, nos esforcemos por entender y discernir el sentido contenido en tal texto, pero no innovar, en cierto modo, este sentido, según la arbitrariedad de una conjetura.

6. Sin embargo, ante todo, confiarnos firmísimamente en el Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia, y en la fe teologal, en la que se apoya la vida del Cuerpo místico. No ignorando, ciertamente, que los hombres esperan las palabras del Vicario de Cristo, satisfacemos por ello esa su expectación con discursos y homilías, que nos agrada tener muy frecuentemente. Pero hoy se nos ofrece la oportunidad de proferir una palabra más solemne.

7. Así, pues, este día, elegido por Nos para clausurar el año llamado de la fe, y en esta celebración de los santos apóstoles Pedro y Pablo, queremos prestar a Dios, sumo y vivo, el obsequio de la profesión de fe. Y como en otro tiempo, en Cesarea de Filipo, Simón Pedro, fuera de las opiniones de los hombres, confesó verdaderamente, en nombre de los doce apóstoles, a Cristo, Hijo del Dios vivo, así hoy su humilde Sucesor y Pastor de la Iglesia universal, en nombre de todo el pueblo de Dios, alza su voz para dar un testimonio firmísimo a la Verdad divina, que ha sido confiada a la Iglesia para que la anuncie a todas las gentes.

Queremos que esta nuestra profesión de fe sea lo bastante completa y explícita para satisfacer, de modo apto, a la necesidad de luz que oprime a tantos fieles y a todos aquellos que en el mundo —sea cual fuere el grupo espiritual a que pertenezcan— buscan la Verdad.

Por tanto, para gloria de Dios omnipotente y de nuestro Señor Jesucristo, poniendo al confianza en el auxilio de la Santísima Virgen María y de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, para utilidad espiritual y progreso de la Iglesia, en nombre de todos los sagrados pastores y fieles cristianos, y en plena comunión con vosotros, hermanos e hijos queridísimos, pronunciamos ahora esta profesión de fe.

 

Nota 2.- El aborto

 

2270 La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida.

Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado (Jr 1, 5)

 Y mis huesos no se te ocultaban, cuando era yo hecho en lo secreto, tejido en las honduras de la tierra (Sal 139, 15).

2271 Desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral.

No matarás el embrión mediante el aborto, no darás muerte al recién nacido.

Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la excelsa misión de conservar la vida, misión que deben cumplir de modo digno del hombre. Por consiguiente, se ha de proteger la vida con el máximo cuidado desde la concepción; tanto el aborto como el infanticidio son crímenes abominables.

2272 La cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana. “Quien procura el aborto, si este  se produce, incurre en excomunión latae sententiae”, es decir, “de modo que incurre ipso facto en ella quien comete el delito” , en las condiciones previstas por el Derecho. Con esto la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad.

2273 El derecho inalienable de todo individuo humano inocente a la vida constituye un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación: “Los derechos inalienables de la persona deben ser reconocidos y respetados por parte de la sociedad civil y de la autoridad política. Estos derechos del hombre no están subordinados ni a los individuos ni a los padres, y tampoco son una concesión de la sociedad o del Estado: pertenecen a la naturaleza humana y son inherentes a la persona en virtud del acto creador que la ha originado. Entre esos derechos fundamentales es preciso recordar a este propósito el derecho de todo ser humano a la vida y a la integridad física desde la concepción hasta la muerte”.

“Cuando una ley positiva priva a una categoría de seres humanos de la protección que el ordenamiento civil les debe, el Estado niega la igualdad de todos ante la ley. Cuando el Estado no pone su poder al servicio de los derechos de todo ciudadano, y particularmente de quien es más débil, se quebrantan los fundamentos mismos del Estado de derecho... El respeto y la protección que se han de garantizar, desde su misma concepción, a quien debe nacer, exige que la ley prevea sanciones penales apropiadas para toda deliberada violación de sus derechos”.

2274 Puesto que debe ser tratado como una persona desde la concepción, el embrión deberá ser defendido en su integridad, cuidado y atendido médicamente en la medida de lo posible, como todo otro ser humano.

El diagnóstico prenatal es moralmente lícito, “si respeta la vida e integridad del embrión y del feto humano, y si se orienta hacia su protección o hacia su curación... Pero se opondrá gravemente a la ley moral cuando contempla la posibilidad, en dependencia de sus resultados, de provocar un aborto: un diagnóstico que atestigua la existencia de una malformación o de una enfermedad hereditaria no debe equivaler a una sentencia de muerte”.

2275 Se deben considerar “lícitas las intervenciones sobre el embrión humano, siempre que respeten la vida y la integridad del embrión, que no lo expongan a riesgos desproporcionados, que tengan como fin su curación, la mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual”.

Es inmoral producir embriones humanos destinados a ser explotados como “material biológico” disponible”.

 “Algunos intentos de intervenir en el patrimonio cromosómico y genético no son terapéuticos, sino que miran a la producción de seres humanos seleccionados en cuanto al sexo u otras cualidades prefijadas. Estas manipulaciones son contrarias a la dignidad personal del ser humano, a su integridad y a su identidad” única e irrepetible.

 

NOTA 3.- PREDICACIÓN HISTÓRICA.-

 

A LA VIRGEN INMACULADA BAJO EL TITULO DEL CARMEN

Flor del Carmelo, tierna Madre mía,

Mi esperanza, salud, vital y nuevo

Aliento que respiro en este día,

Y á vuestro amor le debo,

Pues por Vos siempre he sido

En paz y dulce calma sostenido.

Á Vos sola el derecho pertenecen

CORONAS que ofrecí á la mujer santa,

Y que cierto y seguro se merecen ,

Cuando aquí... en lucha santa,

Y escollos y tormentas,

Como Madre y Modelo Tú...! la alientas.

JUAN GONZALEZ.

Valladolid 12 de Abril de 1877.

Surge, propera,  amica mea, et. veni. Levántate, date prisa, amiga mía, y ven.

 

Casi me faltan fuerzas, señores, para ponerme a considerar y a daros á conocer la pavorosa gravedad del presente momento social, por temer haya alcanzado tales proporciones, que la historia, no pudiendo detenerse ante el terror de sondear abismos, porque está obligada a comprender todo lo que he de narrar, no encuentre luego sino lágrimas a sangre con que darle a conocer a la posteridad asombrada. ¡Oh vosotros los que os empeñáis en suponer que el sacerdote es hombre de política! ¡Cómo os equivocáis! Es únicamente, aunque muchos no han querido comprenderlo, según creo, más por falta de reflexión que por malicia, el hombre o el amante de la sociedad; el hombre amante de que a la ciencia se le den puntos de partida luminosos que engendren progresos legítimos; de que a  los ricos se les ampare con todo género de defensas contra las constantes  amenazas del proletariado seducido, y de que a  los pobres se les atienda con aquel amor y solicito interés de que son dignos por su doble calidad de prójimos y de cristianos. Esto que digo soy y quiero, ¿no vale tanto para la sociedad como la mejor Constitución escrita?

Sí, señores. Abrid, ¡por Dios! los ojos, mientras aún sea tiempo. La llaga social, que vengo señalándoos a vosotros hace veintidós años desde estos púlpitos, y a España mucho más; cuando con mi pluma, llevada todavía por dedos muy tiernos, anunciaba el peligro de intereses muy altos, ante sofismas aceptados como principios; esta llaga, digo, se encuentra ya descubierta a vuestros ojos en toda su alarmante amplitud, con todo su color gangrenoso, con todos sus repugnantes olores irresistibles. Ante esta sombría perspectiva, que pido a Dios no se encarguen de iluminar siniestramente con su lógica inexorable las revoluciones, me he puesto a considerar dónde podría buscarse, dónde se podría encontrar un bálsamo que comenzase por suavizar algún tanto los agudos dolores que esa llaga hace sentir en su entraña muy delicada a la sociedad; y a favor de esta tregua lograr más tarde el conseguir para tan grave mal un completo remedio. He pasado para ello revista, digámoslo así, a los que ordinariamente son considerados como elementos de salvación en las grandes crisis de las naciones, las armas, la ciencia, el poder público... y no habiendo encontrado sino pasiones desbordadas, aberraciones, violencias, extravíos, subversión de ideas, anarquía de cabezas, pequeñez de pensamientos, volcanes abajo, tempestades arriba, y qué sé yo cuánto más... me he decidido a buscar la fuerza en la debilidad, para que sea más patente el milagro de la salvación social. Voy a buscarla, si, en la mujer, que no entiende de filosofía, ni discute jamás contra su corazón; en la mujer, que ve más que el hombre viviendo como vive en el mundo de los afectos, y que tiene horizontes ilimitados ante sus ojos cuando ella abre los inagotables tesoros de su alma. De este paraíso de su noble corazón voy a tomar las flores que han de tejer sus tres coronas, las coronas más gloriosas de la mujer católica. Porque la sociedad agradecida pondrá sobre su cabeza:

Primero, la corona que merece cuando con su fe hace guerra a la impiedad. Segundo, la corona a que se hace acreedora cuando con su pureza declara guerra a la espantosa corrupción de las costumbres;  y Tercero, la corona que se le debe de justicia cuando con su caridad combate el egoísmo de los corazones. Esa impiedad, ese cieno y ese egoísmo son los que abren y envenenan cada vez más la que ahora llamo triple llaga social. Como la primera coronada en esta gloriosa empresa es la Inmaculada Virgen María, a su intercesión recurro pidiendo los auxilios de que necesito. Digámosla al efecto AVE MARÍA.

 

PRIMERA PARTE.

 

Si se me pregunta cómo el hombre instintivamente religioso, y con un alma naturalmente cristiana, según afirma un antiguo apologista, puede renunciar a esa necesidad tan apremiante de abrazar la verdad una vez conocida, sobre todo cuando esta verdad le da resueltos los más pavorosos problemas de la vida, no responderé sino, que el hombre opone esa resistencia las más veces porque no se aplique el hierro candente de la moral católica a la doble llaga del orgullo de su espíritu y de las pasiones de su corazón. El funesto sistema de las negaciones no ha sido engendrado, en efecto, sino por los terrores de la conciencia obstinadamente culpable. Algunos críticos o pensadores han supuesto que el no ser nuestro siglo XIX lo que parecía debía de ser en vista de las tristes experiencias del pasado, ha consistido, o en no haber encontrado para ello guías seguros, o  en que han detenido su voluntad los restos todavía animados de las tradiciones corrompidas. Adhiriéndome a esto último, he pensado siempre, y pienso, que la vida del siglo presente no porfía ni puede dejar de ser vida laboriosa, crítica, de azares, de peligros, en razón de que es siglo de ensayos, en el cual, y en el crisol ardiente de la vida práctica de las naciones, habían de ponerse a  prueba las ideas vivas aun y sus consecuencias, legadas por los sofistas y novadores de la última centuria. Por eso, desde este mismo púlpito, hace cuatro o cinco años, envié yo un saludo entusiasta al siglo XX, al siglo próximo, por creer, como para mi consuelo creo, que, agotadas en lo que falta del presente todas las experiencias, la sociedad alcanzará su raposo; y mis cenizas, decía yo entonces, perdidas por ahí, saltarían de gozo, si pudiesen, al oír los cánticos de la resurrección social europea, después de tantas crisis peligrosas. Veáis lo que veáis, no debe dudarse de que tanto en el mundo antiguo como en el nuevo, con ese prodigio de la palabra compitiendo en velocidad con el rayo; y del vapor, agente el más sutil, arrastrando como débiles aristas, por los  campos y más impenetrables montañas, ciudades enteras con el auxilio además de un verdadero progreso en los estudios trascendentales, comienza a verificarse un misterioso trabajo de renovación, cuyo secreto y mecanismo no vemos todavía sino entre tupidos velos, pero cuyo presentimiento se encuentra en el agitado fondo de todas las almas.

Pues bien, señores: para ver realizado en el porvenir este ideal social, creo que han de ayudar más las mujeres que los filósofos y oradores fastuosos; porque éstos podrán llegar a ser la gala de una sociedad, pero no la salvan; antes bien, todo suele perecer entre las manos de esos hombres de palabras; al paso que la mujer, maestra de la vida práctica, de la vida íntima, de la vida tierna, de la vida feliz de las familias, ese ángel del sueño de sus hijos, ese bálsamo de los dolores de su marido, obteniendo el sentimiento enérgico de la verdad, le da vida con todo el calor de una pasión, y si no sirve para. formular el mecanismo de las sociedades, posee el acierto instintivo para señalar su dicha.

 La moderna civilización lleva en su seno un germen de muerte, porque, o no cree en Dios, a presume que puede pasarse sin el . Esta, loca guerra a lo que es en religión la primera verdad, en la naturaleza la primera causa, en las artes la primera belleza y en la ciencia de gobernar a los hombres el primer artículo de su Constitución, hace que la sociedad se sienta gravemente enferma, y que llame a la mujer católica en su auxilio, ofreciéndola una corona, si la salva con ese amor a la fe religiosa que llena su alma.

Es la mujer, en efecto, un ser dotado de tan singulares cualidades y circunstancias, que llegaría, a ser un monstruo si no fuese profundamente religiosa. Su propia débil condición, por un lado, la hace estar sintiendo siempre la fuerte necesidad de buscar auxilios para su flaqueza y lenitivos para sus dolores; para sus dolores de mil especies, interiores y externos, carga pesadísima que echó sobre ella el pecado original, en que tuvo una iniciativa tan poderosa. Por otra parte, habiéndola enriquecido el Criador divino con una inagotable ternura de afectos  y con esa tan enérgica pasión de amor, la mujer, a quien su amor le hace ver tanto o más de lo que le hace ver su fe, se siente impulsada por una irresistible fuerza a buscar y amar al Bien infinito, o por lo menos todos los objetos donde ve huellas de bien y por consiguiente huellas de Dios y caminos para llegar hasta El .

Pero la mujer católica en el presente período social no puede contentarse con mantener dentro de su corazón el sentimiento religioso, que se ahogaría quizás allí sin dilataciones que trajesen a su misma alma el oxigeno de la vida. Porque hay sentimientos que los espíritus ardientes ni inspiran a otros, ni ellos prueban sino dilatándose mucho fuera de sí. La fe religiosa de la mujer ha de ser como esos hervideros, el fuego de cuyas aguas, no pudiendo contenerse en un estrecho seno, sale de la tierra convertido en raudales vaporosos para curar las dolencias de innumerables enfermos. La parte inmensa que tuvo la mujer en la ruina del género humano, prestando dócil oído a las sugestiones del ángel de la mentira y de la muerte, oblígala a mostrarse corno corredentora, haciendo guerra sin tregua al espíritu rebelde y a todas sus obras durante este convulsivo período de lucha y de pruebas que se llama vida. Pesa además sobre la mujer una inmensa deuda de gratitud al Cristianismo que, ante el marido y ante los hijos, le ha devuelto su dignidad, redimiéndola de la esclavitud y abyección en que se hallaba, y elevándola a la categoría de señora de su casa donde antes no era sino un mueble, una mercancía o una bestia de carga. Al Cristianismo, pues, que la ha ennoblecido y ha puesto en su frente la diadema de reina de la familia, débele la mujer católica su corazón y su celo, para hacerle amar de los que le aborrecen, para que le sigan los que de el  huyen y para que le practiquen los que le desprecian y conculcan.

En esta empresa tan gloriosa tiene a su vista. la mujer católica inmortales modelos que imitar: la Virgen Santísima, escudo de la fe y maestra de los discípulos de Jesucristo después de la Ascensión; las Marías, las mujeres del. Evangelio, fieles compañeras del Salvador, que anunciaron presurosas a los Apóstoles el milagro de la resurrección; las mujeres apostólicas, tantas y tantas, llamadas por Orígenes y San Jerónimo, ministras de la Iglesia, las Tabitas, Flavas Domitila, Petronila, Prudéncianos, Práxedes, Lidias, Priscila y muchas más; y aquellas otras que sirvieron de auxiliares a los Santos Padres de la Iglesia y a los Emperadores cristianos para afianzar la obra de la Religión, como las Marcelas, las Paulas, las Macrinas, las Anffisas, las Olimpíadas, las Elenas, las Pulquerias, las Irenes, las Teodosias y otras innumerables. Sería interminable la narración si me pusiese a decir y a glorificar el nombre de todas las ilustres mujeres que, en la serie de los siglos cristianos, han sido hasta hoy mismo los auxiliares de la Iglesia, para propagar y hacer que se conserve la fe religiosa y vengan al conocimiento de ella y la amen los que la aborrecían o ignoraban. Por eso hay que decir a la mujer católica, con el Espíritu Santo en el libro de los Cánticos, y nunca con mayor razón que ahora: «Levántate, date prisa, amiga mía, y ven.»

 

Surge, propera amica mea,et. veni. Levántate, date prisa, amiga mía, y ven.

Ven, ven, mujer católica, ven pronto a salvar esta sociedad que corre a marchas forzada, al peor de los paganismos. La fe cristiana tiene que refugiarse en vuestro corazón, verdadero pozo donde, como en otro tiempo entre los judíos, queremos los sacerdotes, siguiendo el consejo y ejemplo de los Sales, Loyolas y Borromeos, guardar el sacro fuego del altar, para que arranquen de ahí rayos de luz católica y no perezca, a fuerza de impía, esta vieja Europa. Surge, propera, (mica mea, et veni. Levántate de tu indiferencia, mujer católica; enciende la candela de tu registra los rincones de tu casa, y límpialos de impiedad, como buscarías con la luz en la mano una joya perdida. Surge, propera, amiea mea, et veni. Ven, mujer católica, ven pronto: yo te lo pido en nombre de tu pobreza, si eres pobre; en nombre de tu riqueza, si eres rica; en nombre de tus hijos, en nombre de la Religión y en nombre de la sociedad. Las causas que defienden las mujeres no se pierden nunca, y las coronas que por este triunfo habéis de merecer no se marchitan jamás. Surge, propera.amica mea, et. veni. Levántate, date prisa, amiga mía, y ven.

 

Esta es la primera corona ofrecida a la mujer católica que quiere merecerla.

 

SEGUNDA PARTE.

 

Muchos hombres, a quienes no llamo filósofos porque no merecen este honroso título, quisieran que la Religión no fuese sino un mero pensamiento, o lo más un hábito muerto, sin ninguna influencia positiva y eficaz sobre la regla de la vida y las costumbres. Pero ¡cuánto se engallan! Para el cuerpo ha de ser el alma lo que para el alma es Dios; resultando de ahí que esta maravillosa cadena de tres eslabones no puede dejar de ser la más fecunda corriente de la vida social. Porque las verdades morales, que son la regla de la vida humana en todas sus relaciones, no son sino destellos desprendidos de la verdad religiosa; y el amor a la materia o a la tierra será siempre una consecuencia necesaria de la emancipación de la fe. Por estos caminos tan varios de la corrupción material, del desborde de las pasiones hediondas, del amor de los placeres sensuales, han llegado todas las civilizaciones a su hora postrera, a su funesto fin, perdiendo, al mismo tiempo que su vida moral, su fuerza y pujanza soberanas. La actual sociedad también, en los agudos dolores que la causa esta fétida llaga, reclama del mismo modo el auxilio de la mujer católica, ofreciéndole una corona de inmarchitables azucenas, si la salva con su pureza instintiva, con su pudor invencible.

Surge, propera.amica mea, et. veni. Levántate, date prisa, amiga mía, y ven.

La mujer es, en verdad, un castillo dentro del cual se encierran grandes preciosidades que constituyen su mérito, su valor, su destino verdadero, su predestinación social, su predestinación providencial. Pues bien; Dios ha querido que ese castillo, aun siendo al parecer tan débil, no esté guardado más que por sí mismo, por la misma mujer, dotándola al efecto de una arma poderosa con que rechace, corno una heroína, todo ataque, toda tentativa, toda maniobra; arma invencible, como no la haga pedazos la mujer misma. Tal arma es el pudor, la castidad o la pureza.

Esta preciosísima virtud de la pureza, una de las grandes maravillas que engendra la Iglesia católica, es por excelencia y por instinto la virtud de la mujer, su más bella flor entre todas las de la tierra, y la mejor diadema que puede llevar sobre su frente, que con ella es frente de ángel. Sea el que quiera el estado de la mujer o su condición, siempre será verdad que en ella la decencia grave es como la santidad de la hermosura. Convertida la actual sociedad en una nueva Pentápolis, que se abrasa y arde en lujuria, la mujer católica ha de comprender que para ella no debe haber asiento en esta orgía incesante, hacia la cual, ni aun cuando huye, debe volver la cabeza, so pena de transformarse, no en sal, como la mujer de Lot, sino en estatua de fuego. Porque si la mujer, en el fondo de cuyas afecciones hay tantas felicidades y tantas lágrimas, tantas sublimidades y tantas miserias, ha de ser tímida en todo tiempo para sus manifestaciones morales o físicas; si su alma, después de esos recogimientos misteriosos dentro de sí misma, a que frecuentemente se entrega, de espíritu, goces o luchas, al decir luego lo que siente y al revelar esos secretos íntimos que ella sola posee, ha de temer siempre si habrá pensado, si habrá dicho, si habrá hecho demasiado; si la mujer, teniendo una continua necesidad de emociones por su sensibilidad tan exquisita, debe de ser tan recatada y hacer uso de tantos saludables velos, aun para realce de su misma belleza, con especialísima razón en el presente estado de las costumbres, su pudor, derramándose, a manera de perfume aromático, por ojos, por labios, por oídos y por todos sus movimientos, ha de disipar en esas calles, en esas plazas, en esas reuniones, en esas casas, en esos teatros, el fétido olor que allí dejan las pasiones más vergonzosas.

Encontrándoos, señoras y señoritas católicas, en una sociedad como esta, ¡mirad lo que hacéis! Porque no sólo debéis absteneros, para lustre y hermosura de vuestras almas, y aun de vuestros cuerpos, de causar y fomentar vosotras mismas ese mal tan pernicioso con una conducta poco pura, sino que debéis combatirle con denuedo para salvar aun materialmente la actual sociedad. Sed ángeles, para que sacáis la honra, el ornamento y la verdadera elegancia de las poblaciones, y se añadan a vuestros atractivos naturales las bellezas morales, muy superiores a la hermosura corporal, frágil flor que en breves días se marchita y se pierde. De la mujer teme rosa de Dios, dice el Espíritu Santo, es ella misma su propia alabanza. La sociedad se abrasa... corred, señoras y jóvenes cristianas, a apagar el incendio con el agua fría de vuestra honestidad.

 

Surge, propera, amica mea, et. veni. Levántate, date prisa, amiga mía, y ven.

 

También en esta empresa vais noblemente acompañadas, pues lleváis de abanderada en ella a la siempre purísima Virgen María, a muchas ínclitas mujeres de la Antigua Ley, como las Rebecas, las Ruth, las Saras, las Judith y mil más, y a ese innumerable ejército de vírgenes cristianas, de madres honestas, de viudas ejemplares, que llena las páginas más gloriosas de la historia de la Iglesia y de la sociedad civilizada. Venid, pues, pero venid pronto, a recibir la corona de azucenas inmarchitables ofrecidas por la sociedad juiciosa, que se siente, morir de lujuria  y cinismo. Surge, propera, amica mea, et veni. Venid, venid a ganar esta segunda corona que, de acuerdo con la Religión y la moral, os ofrece la sociedad en vísperas de podrirse.

 

TERCERA PARTE.

Debilitadas en la sociedad la regla religiosa y la regla moral, el hombre ni sobre sí, ni a su lado, ve otra cosa que su persona; el Yo-soberano, el Yo-Estado, el Ya-Sociedad, el Yo-Dios; el egoísmo, en una palabra, bajo todas las formas que sabe darle el vicio, la pasión, el interés, el orgullo insano, la codicia insaciable, todos los instintos corrompidos o degenerados, aunque sea ver arder a Roma y exponer a un naufragio calculado a su propia madre, como lo hizo Nerón; o dar el título de cónsul a su caballo, y por envidia pretender que desapareciesen los escritos de Homero, Virgilio y Tito Livio, a ejemplo del monstruo Cangalla. En este infierno del egoísmo no hay sino fuego capaz de reducir a pavesas unas generaciones tras otras. Por eso aquellas palabras que, ya en el dintel de la muerte, pronunció Jesucristo, como legado soberano hecho a los pobres, a los indigentes, a los enfermos y a los abandonados, fueron firmísima palanca que removió el mundo pagano; pues que equivalen a elevar el infortunio a la categoría de divinidad, al decir el Salvador: «Lo que hicisteis a uno de estos pequeñitas, a mí lo hicisteis, y lo que a ellos no les hicisteis, a mi no lo hicisteis.»  Si Moisés, al tocar la roca con la vara, hizo brotar de ella agua viva, Jesús, hiriendo con esas palabras la dura corteza del corazón humano, ha abierto en el  un inagotable manantial de caridad, doble gracia que ha socorrido a innumerables afligidos y salvado a mayor número de pecadores. La actual sociedad, si no ha de dar lugar a que el egoísmo, que la ha invadido, la conduzca a una disolución segura, después de hacerla pasar por decepciones amargas, debe de la misma manera implorar el auxilio de la mujer católica, ofreciéndola una corona de rosas inmortales, para que en medio de la tierra haga revivir la excelentísima virtud de la caridad.

Afortunadamente todas las facultades y fuerzas de la mujer la llevan derecha é instintivamente a practicar esa eminente virtud. Porque amando la mujer tan naturalmente como corre el agua, como desciende la piedra, como canta el pajarillo; amante por instinto y no por razonamiento, su amor es como su fe, y ama como cree, porque Dios lo quiere, sin conocer las causas de su amor, ni su naturaleza, ni sus consecuencias. Esto supuesto, la caridad, que es una manifestación de ese amor hacia nuestros semejantes desgraciados, recibiendo vida y energía .de nuestro amor hacia Dios, es, en primer lugar, una inmensa fortuna para la mujer, es su tabla de salvación; porque el amor, que es su fuerza y su destino, convirtiéndose en caridad, encauza, digámoslo así, las aguas impetuosas de su corazón, que, desbordándose por tantas impresiones y tempestades como combaten a las imaginaciones ardientes, no habría campiña por donde no llevasen el naufragio y la muerte, aun de ella misma, las pasiones de la mujer. Su caridad, como canal que recoge las aguas más puras para satisfacer la sed de todos los desgraciados, modera la fuerza de la corriente de sus enérgicos afectos y les hace marchar por esas vías pacíficas desde donde se desprenden para la sociedad rocíos y vapores benéficos que la inundan en consuelos y en dichas.

Nada, en. efecto, hay más sublime para mi que el espectáculo que ofrece la mujer católica cuando, con su sonrisa de ángel, penetrando en los lóbregos é insanos albergues de los pobres y desgraciados, examina por si misma sus necesidades, las estudia hasta en sus pormenores más minuciosos y aun repugnantes, y fija su tierna mirada lo mismo en la honestidad de la joven indigente, para atenderla con delicada solicitud, como en los harapos del anciano, insuficientes para reservarle del frio; porque los consuelos que prodiga a, unos, y los consejos y correcciones oportunas con que amonesta a otros, derraman, en medio de los pueblos y ciudades, bálsamos que, si fuesen por mayor numero de manos difundidos, llegarían a ser bastante poderosos para suavizar y aun cerrar esa llaga abierta en la moderna sociedad, y que reclama con urgencia fijen en ella su atención las clases acomodadas. Estas saben ya que las revoluciones pueden fácilmente originarse cuando ellas se olviden de mejorar la condición material y moral de los pobres, y deben haber adquirido sobrado instinto político para no abandonar a los elementos revolucionarios la misión de aliviar las desgracias de los miserables, La sociedad, en peligro por los sofismas con que se está pervirtiendo a la clase ínfima, necesita de la mujer católica, tanto como la naturaleza, ha menester del sol, tanto como contra el mar necesitamos de barreras invencibles.

Preséntense del mismo modo en el desempeño de esta misión caritativa, como ilustres coronadas, muchas insignes mujeres, honra del Evangelio y orgullo de la especie humana. La primera, corno siempre, es la Inmaculada Virgen, visitando, a través de montañas, a su prima Santa Isabel, y apelando al poder de su Hijo para socorrer en una necesidad doméstica a los desposados de Caná. Supieron. luego imitar a la Virgen aquella primitivas mujeres del cristianismo, que tan caritativas y generosas se mostraron con los Apóstoles, con los defensores de la religión y con los fieles perseguidos. Santa Fabiola funda los primeros hospitales, y después siguen su ejemplo tantas y tantas mujeres de todas categorías y condiciones, consagrándose al servicio de sus semejantes, especialmente pobres y enfermos, y preparando el camino a ese heroísmo de amor, que a la Hija de la Caridad la convierte de flaca criatura en genio sublime de la fuerza y la vida.

A. vuestra vista he puesto ¡oh señoras! las tres coronas que podéis llegara merecer, y que corresponden a las tres llagas que la actual sociedad lleva en su víspera más delicada... Acudid pronto a cortar el mal, porque la gangrena puede estar próxima. De la incredulidad que ataca al origen de la fe y al cimiento de la razón, dejando en la sociedad muerto o muy debilitado el doble principio de la vida, libradla con vuestro celo religioso para propagar las verdades católicas: de la corrupción y libertinaje que en las costumbres y en la sociedad, así doméstica como pública, causan males de tanta trascendencia que no habrá lágrimas cosa que llorarlos debidamente, libradla con vuestra pureza, siempre edificante, aun a los ojos de los hombres más depravados; y del egoísta que convierte en mármol el corazón, haciéndole insensible al infortunio de nuestros prójimos, libradla con esa caridad que hace brotar lágrimas de vuestros ojos siempre que se les descubre un dolor o escuchan vuestros oídos un quejido. En la actual sociedad hay falta de fe, hay falta de moral, y hay sobra de egoísmo; y por tanto, véase ancho terreno donde la mujer católica puede desplegar su santa actividad, su fuerza de atracción y esas otras cualidades que hacen de ella el más rico ornamento de los pueblos. La sociedad, señoras, os espera para coronaron. ¿Queréis venir? Harto mejor será esto que el veros quizás algún día maldecidas por vuestros hijos, cuando ellos sean tristes víctimas de males que vosotras hubieseis podido evitar. ¡Oh! ¡No digo más...!

Bajo el triste manto de vuestras Angustias recoged las nuestras ¡oh Madre dolorosísima! que no son pocas ni pequeñas. Si con el firme propósito de conquistar las coronas que se le ofrecen, acude la mujer católica a Vos, que sois la celestial Coronada, animadla y fortalecedla. Amparadnos a todos en la común y particular tribulación; y ya que la presente vida no se pasa verdaderamente sino de angustia en angustia, otorgadnos que con la consideración de las vuestras se nos hagan dulces las que a nosotros nos aflijan, y por ese camino logremos llegar a la mansión de los consuelos eternos e inefables de la gloria. Amén.